Todos juntos
Un espacio propuesto por EQUIPO ECUMÉNICO SABIÑÁNIGO

sábado, 4 de enero de 2014

50º ANIVERSARIO DEL ABRAZO DE PABLO VI Y ATENÁGORAS I

Mañana 5 de enero se cumple el 50º aniversario del histórico abrazo entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras I en Jerusalén, con tal motivo el colaborador de este blog, el doctor Pedro Langa, teólogo y ecumenista ha escrito el siguiente artículo que no tiene desperdicio alguno.

Pablo VI y Atenágoras I 
se abrazan en Jerusalén el 5 de enero de 1964.

El abrazo que valió por una encíclica

Se cumple ahora, en este 5 de enero de 2014, el 50º aniversario de aquel histórico abrazo de Pablo VI y Atenágoras I en Jerusalén, signo y preludio, entre otras maravillosas cosas por venir, del llamado diálogo de la caridad. El hecho de ir Pablo VI a Tierra Santa fue ya entonces interpretado como iniciativa personal y peregrinación espiritual; todo un gesto cargado de intencionalidad eclesiológica para el mundo cristiano. La perspicacia de Atenágoras, atento siempre al devenir del Vaticano II, las cazó al vuelo. Aquella valiente decisión de Pablo VI haciéndose peregrino le pareció que estuviese inaugurando –y así era- una nueva eclesiología en la Iglesia latina: « ¿Entiende ahora –le confidenció a Olivier Clement- mi desconcierto del 4 de diciembre? La Iglesia católica recentrada sobre Jerusalén no sólo se redescubre en peregrinación, sino que se recoloca toda entera en el misterio de Cristo». Por ese mismo rumbo cristológico se decantó más tarde con sus célebres declaraciones el P. de Lubac, teólogo tal vez el más grande del siglo XX. 

Llegado Atenágoras a Tierra Santa, los periodistas acudieron presurosos, grabadora en mano, para recabar su parecer sobre las divergencias entre las Iglesias católica y la ortodoxa. Su respuesta cerró inmediatamente caminos a la fantasía: -«Donde hay amor y comprensión, no hay diferencias de opinión». Resueltos ellos, sin embargo, a no rendirse así como así, volvieron a la carga: -«¿Están de acuerdo en eso los teólogos?». El anciano Patriarca, evidentemente en otra onda, repuso con fina ironía: «No lo sé, porque ha habido tantos teólogos… Lo que yo sé es aquello que afirma la teología, y no hay más que una teología». 

Por supuesto que el momento central, el que luego ha perdurado sobre lo demás, es el del abrazo. Transmitido por televisión a todo el mundo, se convirtió pronto en una de las imágenes más emblemáticas del moderno ecumenismo. Hoy suele interpretarse como verdadero y propio icono de la reconciliación entre el Oriente y el Occidente cristianos. Lo recordaba emocionado Pablo VI unas horas después, ya de vuelta en Roma, hablando a los cardenales: -«Con once metropolitas ha venido (Su Santidad Atenágoras) a mi encuentro y me ha querido abrazar, como se abraza a un hermano. Ha querido estrecharme la mano y conducirme él, la mano en la mano, al cuarto contiguo donde se debían intercambiar algunas palabras, para decir: debemos, debemos entendernos, debemos hacer la paz, hacer ver al mundo que nos hemos vuelto hermanos. Y el Patriarca me añadía a mí esta mañana: -“Dígame qué debemos hacer, dígame qué debemos hacer”». 

La bibliografía de este abrazo memorable resultó pronto, y perdura todavía, torrencial, la más copiosa posiblemente del ecumenismo posconciliar, donde también sobresalen gestos para la memoria del corazón. Es este icono del abrazo, sin duda, paradigma de fraternidad, modelo de cortesía, ejemplo de reconciliación y un sendero luminoso, en fin, para todo ecumenista que se precie de apóstol en el campo siempre apasionante de la unidad de la Iglesia. Por si fuera poco, hasta su marco geográfico tiene algo que decir, porque se desarrolló en el lugar más altamente simbólico de la Iglesia indivisa, Jerusalén, no lejos del monte de los Olivos. 

Se explica por eso la importancia dada por los coprotagonistas. El tiempo rodando, el mismo Atenágoras dispuso que en la Escuela iconológica de Athos un pintor experto confiase al pincel y a la tabla-lienzo el espíritu de aquellas horas únicas resumido en el abrazo entre los hermanos Andrés (el protocletos [el primer llamado]) y Pedro (el corifeo), de quienes Atenágoras y Pablo VI eran, respectivamente, herederos. Aquel icono llegó más tarde en forma de obsequio a manos del papa Montini, quien, a la vista de su trascendencia, y comprendiendo también que había que buscarle un especial y adecuado lugar, se lo entregó al Pontificio Consejo para la unidad de los cristianos, en cuya sede luce hoy. 

Icono de los hermanos san Pedro y san Andrés, pintado en el
Monte Athos, obsequio del patriarca Atenágoras I
al papa Pablo VI, conmemorativo
del histórico abrazo en Jerusalén

En realidad se trata de un icono que marca un programa. Bajo la figura del Cristo Pantocrátor que extiende los brazos bendecidores para atraer todo a sí (Jn 12, 32), figura esta inscripción: Los santos hermanos Apóstoles. San Pedro y san Andrés se abrazan volviendo juntos la mirada hacia los que tienen delante. Al lado de san Pedro, la cruz invertida sobre la cual, según la tradición, fue martirizado el Príncipe de los Apóstoles, y estas palabras en griego: Pedro el corifeo (o sea el primero, el jefe). Del otro lado de la imagen: la cruz aspada de san Andrés, y las palabras igualmente en griego: Andrés el protocletos (es decir, el primer llamado [Jn 1, 31]) y la dedicatoria debajo: Para Su Santidad el Papa en Roma, Pablo VI, del Patriarca de Constantinopla Atenágoras, en recuerdo del encuentro de Jerusalén, el 5 de Enero de 1964. 

El momento estuvo rodeado de simbolismos deliberadamente buscados por los egregios jerarcas, como es natural. Así, el intercambio de dones fue ya entonces obertura de un sucesivo desenvolverse del diálogo entre las dos Iglesias, y sugirió el objetivo del camino a seguir de allí en adelante. Cuando Atenágoras circundó el cuello del pontífice de Roma con un engolpion, esto es: con el medallón símbolo de la dignidad episcopal, los fieles circunstantes gritaron “Ághios”, según es costumbre durante la consagración en Oriente. El Papa, en cambio, le ofreció al Patriarca un cáliz. Para el interlocutor ortodoxo, el don quería ser una promesa y a la vez un compromiso a caminar hacia la celebración eucarística común, es decir hacia la intercomunión, que Atenágoras tanto ansió hasta su muerte. 

Las etapas del encuentro son bien conocidas: el Patriarca de la Nueva Roma (Constantinopla), segundo en el orden jerárquico de la Iglesia indivisa, se acercó en visita al Papa hasta la delegación apostólica. Después, con necesaria y a la vez oportuna innovación del protocolo pontificio, el Papa restituyó la visita a su ilustre hermano en la sede estival del patriarcado ortodoxo de Jerusalén, no lejos del monte de los Olivos. Durante el primer encuentro recitaron juntos el Padrenuestro. Al día siguiente, sobre una pequeña Biblia en griego y en latín, leyeron alternándose el capítulo 17 del Evangelio de san Juan, el del Ut unum sint

De todo aquello, como digo, hace ahora 50 años, tiempo de muchas iniciativas en la santa causa de la Unidad. Algunas, inconclusas todavía. Otras, ya superadas. Las hay, en fin, premonitorias de un ignoto porvenir dentro de las relaciones inter-confesionales. Pero de alguna manera todas tienen que ver con aquel abrazo del que ahora se cumple el 50º aniversario, que valió en sí mismo por toda una encíclica, capaz él solo de mostrar el adecuado rumbo hacia el ut unum sint de Jesús. Los menos optimistas, como siempre ocurre, alertaron ya entonces de que no había que exagerar. No es que se hubiera abierto una puerta a la esperanza, sino un resquicio, una rendija todo lo más. Teníamos tantas ganas de ver claridades después de la noche oscura del alma, que dijo San Juan de la Cruz, y de la noche oscura de las divisiones, que podrían añadir los líderes ecumenistas, que la llegada de un poco de luz por la diagonal de aquel abrazo en el monte de los Olivos nos pareció a la mayoría un deslumbramiento. En realidad era mucho más que todo eso. Echando mano de los clásicos, pudiera repetirse lo que Píndaro recomendaba a los triunfadores en las Olimpiadas: «hay que agotar el campo de lo posible» y exaltar el triunfo de los que saben apurar sus posibilidades. Y allí, Pablo VI y Atenágoras I, los dos, bordaron cada palabra y cada gesto en ese difícil pero siempre saludable menester del esfuerzo. 

Al buen ecumenista le queda hoy, desdichadamente, la agridulce sensación de no haberle dado a este trascendental abrazo, «causa y plenitud de júbilo», la debida continuidad. Las palabras de Atenágoras a Pablo VI siguen siendo una consigna inacabada y, en consecuencia, un reto para el porvenir: «Sigamos el camino sagrado que se abre ante nosotros. Y Él vendrá a unirse a nuestro camino, como antaño lo hizo con los discípulos de Emaús, y nos indicará el camino a seguir, apresurando nuestro paso hacia la meta que aspiramos».

Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA
Teólogo y ecumenista


No hay comentarios:

Publicar un comentario